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domingo, 27 de febrero de 2011

Concurso "El bien y el mal" Mala gente, buena gente (Por Laqua)

Continuamos con el siguiente concursante y recordar que las opiniones y comentarios a cerca de los relatos participantes sean constructivos, de buen gusto y con respeto.

En la cabecera del blog encontraréis el resto de relatos ya publicados, por si os habéis perdido alguno.

Ahora a leer y disfrutar

Muchos besos




Mala gente, buena gente (Laqua)




Yo sé que está ahí.

No lo veo, pero puedo sentirlo, oírlo respirar por sobre mi hombro.

Trato de que no me distraiga. Una venganza, para estar bien ejecutada, necesita concentración.

Mi objetivo pasa por el pasillo. Desde mi oficina, que tiene las paredes vidriadas, puedo verlo muy ufano con sus maldades conseguidas.

Me mira de reojo. Yo no aparto la mirada; si bien parece que estoy mirando al horizonte, él sabe que lo estoy mirando, y masticando rabia.

Es una lástima, pero soy de esas personas a las que lo que sienten se les nota en la cara. Estoy segura de que hace más o menos un mes, cuando le reclamé porque mi conexión a internet no andaba bien, mi estupor era perfectamente visible cuando me respondió que venimos a trabajar, no a perder el tiempo en la oficina. Que todo era por nuestro bien, para mejorar la productividad. Que como nosotros no podemos controlarnos, él directamente nos cortó la conexión para evitarnos la tentación.

Ahora que lo pienso, usó un argumento similar cuando nos prohibió pasar más de 5 minutos (de reloj y controlados) en las otras oficinas. Cuando acoté que para repartir la correspondencia puedo necesitar más, me respondió que el control era para que no me distraigan de realizar mi trabajo. Si mis compañeros eran gente legal, no iban a tratar de que me sancionen, ¿no? Los buenos compañeros de trabajo no conspiran entre ellos para que despidan al de al lado. Los buenos compañeros tampoco llevan y traen chismes por el pasillo, o se quejan de que en Tesorería ahora hay una planta; o de que en Personal tienen un perchero. Los buenos compañeros se esfuerzan al máximo para emular a sus congéneres y tratan de conseguir sus propias plantas, sus propios percheros. Tampoco preguntan o especulan de cómo los demás consiguen las cosas… hacen su trabajo y nada más. Aunque si el de Contable pierde tiempo mirando por la ventana, es de buenos compañeros también hacerlo notar, para que Contable deje de perder tiempo y nos ayude a mejorar la productividad de todos. Porque aunque nosotros no veamos nada de las mejoras, nuestros afanes se verán recompensados por la satisfacción personal de saber que estamos haciendo lo correcto. Claro, como es muy difícil agradecer uno por uno, él amablemente recibe las felicitaciones de todos por nosotros y en nuestro nombre. También los premios y regalos, para que no haya disputas por celos o conflictos de reparto.

Seguro que la cara también me traicionó cuando recibí el memo sobre el reloj digital, donde tenemos que registrarnos como si fuéramos presos cada vez que entramos y salimos del trabajo. Porque que se llame “prontuario” nuestro historial de entrada y salidas es casualidad, nada más. (Extraño el sentido del humor de los fabricantes del aparato en cuestión). Porque más de un dedo garantiza identidad; una huella sola es falsificable. ¿Es que nosotros no vemos las películas? Ah, y un lector de retinas es un poco caro… ¡pero si seguimos produciendo así, pronto dejará de ser un sueño! A nosotros en eficiencia nadie nos ganará si seguimos cumpliendo horario, donde la tolerancia de minutos no existe, porque como él bien explica: un minuto conduce a dos, dos a tres y si seguimos así, todos llegan a la hora que quieren y comprometen el trabajo del compañero. Y los buenos compañeros se apoyan, no se sabotean entre sí. Eso fue hace dos semanas, creo… Sí, porque fue junto con lo del uniforme.

Apareció un día con los uniformes. Para las mujeres, nada más, porque realmente ayuda a la imagen de la empresa que las mujeres vengan de traje, todas iguales. (Los hombres no, porque él, como cabeza visible de la empresa, no puede venir todos los días con la misma ropa. La gente podría pensar que no se baña). Por supuesto, el uniforme es obligatorio, porque “¿No querían uno ustedes? Ah, ¿no eran todas? Las que tienen hijos habían pedido… algo con el tema de la ropa y las dificultades para lavar. Bueno, pero acá tienen y se tienen que poner todas, no puede ser que solo una y las demás cualquier cosa. Además, nada de colores: los colores vivos dan imagen de adolescentes y esta es una empresa seria. Es una sola muda, porque estamos creciendo pero no tanto como para darles dos juegos, es mucha plata y no tenemos para tanta inversión. Pero se lo ponen, eh…

Ustedes saben que si no se lo ponen, con todo el dolor del alma debo sancionarlas. Está en el acuerdo con el sindicato. Estoy seguro de que no va a ser necesario, de todas maneras: ustedes son muy unidas, no creo que se arriesguen a venir sin el uniforme y a que las sancione a todas por la inconducta de una… no, no creo que eso pase. Claro, vengan con el uniforme limpio y planchado, si no la buena imagen se arruina. Y qué importante es en una mujer la buena presencia, ¿no? Todas bien peinadas y maquilladas, y eso de que los zapatos no estilizan es mentira. Los tacos altos hacen tan elegante el caminar de una mujer… y ustedes que son todas lindas, no querrán parecer pazguatas, ¿no?”

Yo resoplé; no dije nada. Pero seguro que él me escuchó, porque me controla todos los días si vengo vestida con el uniforme. Lo sé, aunque no lo vea, porque cuando entro al edificio las cámaras de seguridad me siguen. También sé que mira lo que hago en la computadora, porque encontré el programa que captura el monitor en tiempo real; me robaron las contraseñas del correo electrónico y ya no puedo leer las noticias on-line. Cuando me quejé porque no podía acceder al diccionario de la RAE (herramienta imprescindible en mi área) me demostró con total candidez que el diccionario estaba habilitado. Por supuesto, cuando volví a mi oficina, estaba deshabilitado de nuevo. Igual es cuando no anda el sistema de expedientes: subo, me quejo, me muestra que anda, bajo, anda diez minutos, se vuelve a deshabilitar. Yo sé que me lo hace a propósito, con una secreta alegría, con una retorcida maldad, porque si el sistema no anda yo no puedo trabajar y me atraso; y entonces él puede decirles a mis compañeros que no avanzamos más porque yo no hago mi trabajo. Y los demás me miran con odio cuando paso; me esconden la yerba y me tiran el agua del mate; susurran a mis espaldas y me tratan con amargura cuando les hablo.

Ellos saben que no es mi culpa, pero no pueden evitarlo: con él repitiendo todo el tiempo que cada cual es responsable de lo que hace y de lo que no… terminan usándome de chivo expiatorio; no porque el sistema se me deshabilita, sino porque él me odia y, a esta altura, ya están convencidos de que tiene una buena razón.

Yo ya me estaba cansando. Cada vez me sentía más ahogada, más reprimida, más obligada, más oprimida. Mi psiquiatra me reforzó la medicación y tenía los antidepresivos de emergencia en el cajón. Y aguantaba. Solía pensar que después de todo, pobre tipo, así como es nadie lo quiere, no tiene nada bueno en su vida, está enfermo de poder. Después de todo yo fuera de este edificio tengo una vida, tengo amigos, no tengo que pasármela mintiendo para tener algo: puedo tenerlo por mérito propio y, cuando hablan de mi, las personas dicen que soy buena gente (porque lo soy, de hecho. Pago mis impuestos, colaboro con la caridad, no miento, no soy cruel con animal alguno). Hasta esta semana. Hasta ayer, para ser más precisos.

Ayer comenzó el día más o menos como siempre. Llegué, marqué ingreso, abrí la oficina, prendí la computadora, ordené los papeles. Repartí la correspondencia, recibí notas, respondí peticiones, atendí el teléfono. Y se hizo el vacío de media tarde, esas 3 horas en que nadie viene, nadie llama, nada pasa. Para combatir el tedio, me puse a leer un manual del sistema en versión digital… cuando él pasó por el pasillo. Y me vio.

A los minutos me llamaron desde Personal, donde el jefe de área me explicó muy serio que cuando leo algo en la pantalla de la computadora, estoy afectando a la imagen de la empresa porque los ajenos a este ámbito pueden pensar que no estoy prestando atención y pueden sentirse mal atendidos.

Además, cuando atiendo el teléfono, el que está del otro lado nota que no estoy sonriendo, que no estoy concentrada en mi labor. Y yo no quería perjudicar a la empresa, ¿no? No quería perjudicar a la empresa y por tanto, a todos mis compañeros, con mi mal accionar. Sobre todo, porque yo era consciente de que el perjuicio era muy grande… y que todos se preguntaban en la empresa por qué yo era tan perversa; por qué yo me empeñaba en hacerles mal a ellos, que no me hacían nada y que no se metían conmigo. Él estaba muy apenado con mi actitud, tanto, que no me podía hablar y por eso le pedía al jefe de Personal que lo haga. Así que todos acordaban que lo mejor para todos era que yo esté con la vista pegada en la puerta, sonriendo y atenta a las personas que ingresaban. Eso era lo mejor, para todos.

Por eso hoy estoy sentada en mi escritorio mirando a la puerta con la sonrisa más empalagosa que pude pensar pegada en mi cara desde hace cinco horas. Y me quedan tres más de lo mismo. Y él, no contento con mirarme desde las cámaras, se pasea por el pasillo, pavoneándose.

Lo que él no sabe es que estoy planeando mi venganza. Porque la gente buena como yo, que no hace daño ni por casualidad, no se merece ser el chivo expiatorio de nadie. He empleado estas cinco horas en concentrarme, en prepararme para que sea perfecto. Hace un rato que siento la presencia detrás de mí, pero no me doy vuelta a mirar porque me distraería.

Por vez número quinienta, él pasa por el pasillo. Lo miro directamente ahora, lo miro fijo y como sé que se me nota en la cara lo que pienso, a propósito dejo que lo vea, que le choque lo que estoy pensando.

Lo veo ponerse pálido e irse en dirección contraria, rumbo al ascensor. Justo antes de cerrarse las puertas, alcanzo a ver una sombra verde en su cara, como si la piel estuviera echándose a perder. Me río, contenta con los resultados.

La presencia me pregunta:

-¿Satisfecha ahora?

Respondo en voz baja.

-Cuando se concrete. Cuando lo vea podrirse desde adentro hacia afuera, cuando su aspecto exterior refleje su interior; cuando sea tan repugnante que nadie pueda estar cerca y mucho menos mirarlo a la cara. Cuando no inspire lástima ni a un santo, sino solamente asco. Cuando se vaya desintegrando en una masa informe llena de gusanos pero mantenga la conciencia hasta que la última partícula de cerebro que le quede se disuelva. Entonces estaré satisfecha. Solo entonces.

Me giro hacia el que preguntó.

-¡Eh, querida, cuidado con esa mirada! Sé de lo que sois capaz, así que al menos hasta que se te pase, no me mires ni de soslayo.

Mi risita irónica se escucha sobre el zumbido del aire acondicionado.

-Está bien, ya estoy más relajada. Además, la buena gente como yo no hace daño porque sí. Convidame.

-Ya te doy, espera que termino de sacar la cáscara. Las cosas en el piso alto se estaban volviendo monótonas. Presiento que con vos me lo voy a pasar muy bien. La buena gente es más divertida que la mala.

El Diablo tira la cáscara por la ventana y me pasa una rodaja de manzana.

5 comentarios:

Observatorio Gay Granatense dijo...

En este relato, titulado “MALGENTE, BUENA GENTE”, su autora LAQUA nos presenta a una trabajadora de cualquier empresa que nos va relatando sus experiencias laborales, que seguro que cualquiera de nosotros podría asumir como propias… sin embargo, cierto es que nadie es malo, nadie agrede gratuitamente a un semejante o hace sufrir a un animal, nos consideramos buena gente por ello… ¿Es esto cierto? Puede que sí, pero sólo a medias, porque conforme crezcan en nosotros el rencor, la ira, la mala leche estamos alimentando el ego, cual manzana, de aquel que vive de ello, el Maligno, y sólo así podemos hallarnos un buen día convertidos en mala gente…

La reseña de este relato con foto y de todos los demás en:

http://homografiagay.blogspot.com/p/comic.html

Adela/Mariola (SokAly) dijo...

Como ya le dije a Laqua en su blog, su relato me gustó un montón, además de que vi lo muchísimo que había avanzado en cuanto a redacción.

Como se asemeja lo que escribió a lo que sucede en muchas empresas ¿verdad? El diablo está en su salsa frotándose las manos.

Genial, guapa.

Besos.

~Ade~

Juanjo dijo...

Me ha gustado la historia, y su "amigo", genial ese toque, un relato que describe a millones de personas ahora mismo... y la sed de venganza que hemos tenido todos en algún momento. Me gusta especialmente porque usas un tema tan real como la vida misma y lo mezclas al final con esa diablura, con ese poder divino que a veces nos gustaría tener.
Un saludo

Juanjo

laqua dijo...

Ante todo, muchísimas gracias por sus comentarios.
He notado que en esta versión hay algunos errorcitos en la escritura... posiblemente debido al corrector automático del Word (y totalmente inintencionados por mi parte). Así que aclaro acá, por las dudas: el relato está escrito en coloquial, tal como hablamos los argentinos, por tanto, todos los tiempos verbales deberían estar en voseo. Lo mismo los pronombres de la tercera persona. Por ejemplo, donde dice "Sé de lo que sois capaz" debería decir "Sé de lo que sos capaz" porque le está hablando a ella. Pido disculpas por esos detalles, que no hacen a la cuestión, pero que a los puntillosos como yo de la escritura les ponen los pelos de punta :)
Como comentario final, les haré una confidencia: yo trabajo en una oficina. Y para escribir este relato, solo tuve que exagerar dos cosas. El resto (salvo la visita del Maligno a mis aposentos), para mi desgracia, es absoluta y completamente real.

LuZ dijo...

Increible relato, real como la vida misma. ¿Dónde está la diferencia real entre una buena persona y una mala persona? porque, aunque la gran mayoría nos creemos angelitos, incapaces de dañar ni una mosca, relamente no somos así. A cualquiera que nos incordie, ya le eestamos echando maldiciones.
Buen relato.