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jueves, 5 de diciembre de 2013

Viaje a ninguna parte



 


Viaje a ninguna parte



Vamos en un transporte público, pero es muy amplio y los asientos están bastante separados unos de otros. En el vehículo solo hay gente conocida, un grupo de amigos, quizás, compañeros de trabajo, exactamente no lo sé; todos nos llevamos muy bien y nos vamos regalando sonrisas y buenas caras durante el trayecto. No conozco el destino o ahora no lo recuerdo, pero estoy segura de que es largo y pesado, y que nos obligará a parar un par de veces para atender nuestras necesidades fisiológicas.
Las conversaciones se mezclan con el humo del tabaco; sí, se puede fumar, o eso ha permitido el conductor, que no para de reírse con las ocurrencias de una de las pasajeras, mientras enciende un pitillo con otro y coquetea olvidándose de sutilezas con la chica diez años menor que él.
A mi lado, dos chavales más jóvenes se entretienen con uno de esos juegos para el móvil.
Yo intento no mirar lo que no tengo que mirar, o mejor dicho, a “quien” no tengo que mirar. Está prohibido, una prohibición sin acuerdo verbal que ambos nos pusimos en el pasado.
Pero es difícil, es complicado obedecer esa norma auto impuesta, me resulta imposible no lanzar miradas de rabillo cada vez que se mueve, cada vez que gesticula, cada vez que su boca dedica palabras a otra que no soy yo.
Los chicos, máquina en mano, se levantan del asiento y deciden encontrar un lugar con más bullicio que el silencio que han conseguido de mí. No me extraña, llevo parte del viaje hablando a gritos con un chico bien parecido que está sentado al otro lado del coche. Contesto sin ganas de seguir con la conversación y sus preguntas han terminado apagándose por mi falta de interés. Vuelvo a estar sola, y decido ir un poco más atrás en lo que podría ser un autobús gigante; espero que las voces del pasaje por fin desaparezcan. Por muy ilógico que suene, lo consigo, ya no llegan hasta mis oídos, amortiguándose por el ruido del motor y la concentración en el libro que tengo entre las manos. Una novela policiaca de un autor cualquiera, elegida al azar en una biblioteca pública.
Paso la página para seguir leyendo, no sin antes volver a mirar a la persona que no tengo que mirar; allí, sentado junto a una joven de cabellos rojos y ondulados. Cree que no me doy cuenta, pero si nuestras miradas hicieran partida, estaría muy reñido el resultado; él también me tiene controlada.
Pensaréis que eso me agrada, pero no es así. No quiero que me mire, no quiero que me piense, no quiero que esté a escasos metros de donde yo estoy, como ahora. No quiero tenerlo al alcance de la mano y tan lejos de mi vida. No quiero.
De repente, el chaval joven, ese que intentó llamar mi atención y del que pasé olímpicamente, repara en mi soledad, en la silla vacía junto a la mía, en mi cara de velatorio o dolor o tristeza o lo que sea que mis facciones quieran reflejar de lo machacada que estoy por dentro.
Se levanta de las primeras filas, dejando a una rubia despampanante con la palabra en la boca y se dirige a paso decidido hacia mí. Quiere algo que jamás conseguirá, pero me da la sensación que es de los que necesitan una sonora bofetada para darse cuenta, y aún así, lo volvería a intentar más tarde.
Subo el lomo del libro, cubriéndome la cara, ocultando una mueca de desagrado. De verdad, quiero estar sola.
Cuando se sienta junto a mí me sonríe de lado, grita mentalmente “al fin estamos solos”, aunque todo el “autobús” nos esté mirando en esos momentos. El traqueteo de las ruedas hace mella en mi trasero, demasiadas horas en la misma postura y sin poder estirar las piernas y respirar otra cosa que no sea el aire viciado de tantos cuerpos juntos y el humo del tabaco.
Con la frase anodina de “Un viaje largo ¿verdad?”, inicia su conversación. Nunca he pecado de falta de modales y esta no será la primera vez, pero dejaré claro que no quiero tenerlo cerca, mi objetivo es introducirme entre las líneas de mi lectura y que el tiempo pase lo más rápido posible, sea dónde quiera que sea nos dirijamos.
El chico huele muy bien, se agradece el contraste, he de reconocerlo. Me cuenta una historia que no viene a cuento, algo relacionado con un día de fiesta en alguna playa rodeado de amigos. La historia es graciosa y no puedo evitar sonreír. Al ver que surte efecto, sigue recreándose con los detalles y consigue que, inconsciente, suelte una carcajada.
El hombre de ojos oscuros al que no debo mirar, gira la cabeza y nos atraviesa con la mirada.
Cierro el libro y pienso que tal vez no sea tan mala idea tener algo de conversación, desconectar un poco y pensar que aún hay gente que disfruta de la vida, sin importar los problemas ni las heridas de los corazones rotos.
No sé cuánto tiempo ha pasado, quizás diez minutos o quince, pero en mitad de uno de esos chistes de risa fácil, aparece una sombra frente a nosotros.  
Reconozco sus botas negras con dibujos rojo chillón, y me obligo a seguir mirando la portada de mi libro. No le daré el gusto de ver mis ojos humedecerse.
Mi compañía levanta la cabeza y hace un gesto que no logro distinguir. Una voz fuerte y masculina reza algo como: “¿Podría abrir una de estas ventanas? El ambiente está muy caldeado”. El chico de los chistes abre la boca asombrado, incluso sin levantar la cabeza puedo distinguirlo. “Perdona, pero si quieres ventilar ¿Por qué no lo haces con una de las ventanas de alante?”. Noto con claridad una sonrisa, de las que no hacen ruido pero se perciben en el ambiente. “Es que las «chicas» no me dejan. No querrán despeinarse”, contesta con la misma voz potente que ha protagonizado mis sueños los últimos meses; ésta se clava dentro de mi cabeza y me trasporta a otro tiempo, a otros días, sin duda, días mejores. Sabe que me he dado cuenta de la entonación con la que ha dicho la palabra “chicas”, y debatiéndome conmigo misma, por fin hablo. “Que la abra, yo no tengo frío”. Y acto seguido, empiezo a charlar con el chico del asiento de al lado, comienzo una animada conversación sobre lo interesante que fue una excursión a un sitio que ni siquiera había pisado en la vida. Toco su brazo para que ponga atención en mis palabras y deje de apuñalar con la mirada al hombre de ojos oscuros y corazón de piedra. Él se acerca a la ventanilla y de un fuerte tirón que resuena en los oídos de todos, abre completamente el cristal. Una ráfaga de aire se cuela enfurecida y me golpea en la cara, apartando con violencia mi pelo hacia atrás y dejando al descubierto mis ojos, que hasta ese momento se ocultaban por una cortina de flequillo. Juro que mi intención era ignorarlo, pero nuestras miradas se cruzan una milésima de segundo y mi pecho se contrae en el acto. Si le faltaba alguna puñalada, acaba de recibirla.
Me repongo, casi tan rápido que ni el chaval junto a mí lo ha notado. Y sigo con mi historia inventada, y por la cara y sonrisas del chico, también divertida. Está contento y se frota el brazo con delicadeza, como si quisiera atesorar el contacto físico que hemos tenido, como si ese tacto al llamar su atención fuese algo valioso.
Mi demonio personal no se ha movido del sitio, aún puedo ver el bajo de sus pantalones frente a nosotros, e incluso, ignora las llamadas que le profesan las mujeres de la parte delantera.
Arrugo mis dedos en las tapas del libro y clavo las uñas, deseando con todas mis fuerzas que por fin desaparezca, alejándose, dejándome respirar profundamente por primera vez en lo que se está convirtiendo en el momento más largo de toda mi maldita vida.
“Solo una cosa más, ¿podría hablar con ella un momento?” Suelta de repente, y sin esperar respuesta agarra de la sudadera a mi acompañante de asiento y lo ayuda a levantarse, hace un gesto con la mano “invitándolo” a que se vaya y se sienta junto a mí, rozando su rodilla con uno de mis muslos.
No negaré que me ha sorprendido, que estoy cabreada porque no entiendo que sea justamente él quien quiera romper nuestro pacto, pero no le daré el gusto de notar mi desconcierto. Agarro con las dos manos el libro y lo abro con cuidado por la página que tengo marcada con una servilleta de bar. Me intento concentrar en la lectura mientras siento la piel del rostro efervescente; sus ojos clavados en los míos suplican atención, algo que no conseguirá por mucho que se empeñe.
Las manos quieren temblar, las rodillas pretenden golpearse una contra la otra o salir disparadas para no notar el calor que desprende su cuerpo pegado al mío. Y sigo leyendo, pasando las hojas con extrema lentitud, mirando las letras sin saber qué quieren decir las frases que forman, pero disimulo muy bien y se está poniendo nervioso.
Oigo gritos que pronuncian su nombre. Fijo la vista al frente y veo que dos de las pasajeras sentadas detrás del conductor lo reclaman.
“¿Podríamos hablar tan solo unos minutos?” Me dice altanero, con la barbilla alzada y su mirada clavada en mis pestañas. “Reclaman tu presencia”, contesto, señalando con un gesto de cabeza a las chicas que nos observan destilando odio hacia mí.
“Solo te pido unos minutos, nada más”. Su voz ya no es tan dura, la súplica está impresa en cada sílaba.
Soy una estatua. Me concentro en el vaivén del limpia parabrisas, accionado desde hace escasos minutos por una inesperada lluvia de primavera. Pequeñas salpicaduras se cuelan por la ventana abierta y nos mojan la ropa, pero mi cuerpo no atiende a razones, sigue obsesionado con ese punto de unión entre ambos.
De reojo veo cómo mueve su mano en mi dirección, la acerca a mi rostro y lo acaricia con dulzura; me es inevitable contener el gesto y cierro los ojos, suspiro soltando todo el aire de mis pulmones. Con tan solo ese toque me ha desarmado, me tiene en su poder, si es que alguna vez no lo estuve.
Me habla cerca del oído, me confiesa lo arrepentido que se siente de haberme dejado escapar, que daría lo que fuese por volver al pasado y hacer las cosas de otra manera, me dice que me ama. Y espera. Espera por mí.
Intento degustar el momento, la sensación que antaño siempre tuve junto a él, saber que ya nada importa, que todo lo que necesito y quiero es mío, lo tengo en mí poder, a mi alcance. El corazón bombea como loco, llena cada una de mis dudas con ríos de sangre enamorada y por una vez en la vida, le creo, quiero creerlo.
Le miro directamente e intento contestar, abro los labios, pero las palabras se quedan entre los dientes.
Mete su mano entre el pelo y mi cuello y presiona mi nuca con cuidado, pero ejerciendo la fuerza que se utiliza cuando algo es de tu propiedad. No se equivoca. Siempre he sido suya.
Nuestras bocas se juntan y el temblor de su piel me traspasa. Agarra mis mejillas y cuela dentro de mí frases de amor eterno y promesas que quizás nunca cumpla, intercalando las palabras con caricias de su lengua.
El libro sobre mis piernas resbala y cae al suelo. Rodeo su cuerpo con las manos en un abrazo necesitado y él suspira sobre mis labios un “gracias”, seguido de una sonrisa satisfecha y sincera que llega a los ojos. Siento su aliento llenar mi estómago, su sabor saciar mi apetito, su tacto enturbiar mi mente y su decisión cambiar mi vida.  
Al otro lado del coche, un conductor más concentrado en las piernas de la chica que en el camino de asfalto, y cegado por el humo del cigarro que sostiene entre sus labios, saca el vehículo de la carretera, metiendo una de las ruedas en el arcén, dando un volantazo y provocando que todo a nuestro alrededor se descoloque, gravite en el aire y choque contra las paredes de grandes cristales, que se hacen añicos al caer por el terraplén.   
Abro los ojos y el sol que se filtra por la persiana de mi cuarto me ciega. Cuando recupero la vista y el desconcierto me abandona, comprendo que mi cama sigue vacía.

Contando incluso con ese final, me habría gustado que todo fuese cierto.  

3 comentarios:

Leila dijo...

Me lo leo con calma guapi ; ) besos!

Agy Cullen dijo...

Me encanto, esta muy llena de sentimiento y la manera en la que la narras es tan....... No hay palabras, ;). Besos *3*

Sanelia Collins dijo...

Ufff que ganas de seguir leyendo:) no tiene segunda parte??