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sábado, 30 de marzo de 2013

Los dioses ya han elegido bando






Los dioses ya han elegido bando

Tras aquellas montañas escarpadas llegaban las hordas enemigas, pisando la tierra con fuerza, levantando remolinos de polvo que eran aspirados por fosas nasales agitadas, corazones desbocados y alguna que otra lágrima mal camuflada, creando surcos blancos sobre las mejillas de las protectoras del mundo amazónico.
Aquel hombre al que todos creían todo poderoso, el General Ithacá, sintió un escalofrío en la columna al contemplar aquella bruma acercarse, como cuando su amada paseaba el índice por la piel, aunque en aquel momento el estremecimiento no era placentero. Tras una larga inhalación que llenó sus pulmones cansados, decidió que esperar era de cobardes, ordenando a su batallón de guerreros prepararse para cargar contra el enemigo, pronto terminaría la incertidumbre de si la tierra que pisaban sería regada con más sangre roja que blanca.  
Bajo el cielo despejado, un trueno rasgó el silencio de aquel día, las sacerdotisas daban el visto bueno al enfrentamiento, augurando la victoria para aquellas mujeres auto mutiladas, que con ojos envenenados por la ira dejaban la protección de su fortaleza; acabar con la plaga humana era su único objetivo, venían preparadas para morir luchando o luchar hasta encontrar la muerte.
La Princesa amazona pasó la mano a través del agujero del casco, agarró el trenzado de su cabello y se colocó el yelmo tapando parcialmente su rostro níveo y pecoso. Levantó su espada en alto y dando la orden de ataque, espoleó al caballo con furia para cargar contra los desgraciados hombres que pronto perecerían bajo sus manos.
Ambos grupos guerreros colisionaron, un ruido quejumbroso se despidió de cada una de las gargantas en las primeras filas de combate, el resto, esperaban el momento preciso para ensartar el filo de sus armas en la piel del enemigo.
Las flechas sobrevolaban sus cabezas, impactando en el cuerpo de los hombres que en la retaguardia miraban con preocupación el despliegue amazón, sus manos temblaban mientras sentían espasmos en su cuerpo al caer como simples marionetas a las que han cortado las cuerdas.
La Princesa hundió el puñal en el pecho de Ithacá, lo miró a los ojos por última vez y pidió perdón por quitarle la vida.
— Si estuviese en mi mano salvar la vida de tu pueblo, así lo habría hecho. Pero los dioses han elegido al dueño de la tierra que pisas. Amazonia es nuestra y no hay cabida para más reyes ni gobernantes. Descansa en paz mi querido General, algún día nos encontraremos en el infierno y podrás vengarte, derramando mi sangre blanca y pintando con ella tu cuerpo.   




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