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martes, 10 de enero de 2012

Serie de microrrelatos con (Larubiadelabici) UN DÍA MÁS, UN DÍA MENOS



Nuevo relato de nuestra serie de eróticos, fantástica mi chica, espero que lo disfrutéis como yo lo hice, uno de los mejores textos que he leído ;D


Serie de relatos eróticos. UN DÍA MÁS, UN DÍA MENOS (Por Larubiadelabici) 



Cuando entró en la oficina, ella ya estaba allí, sentada ante su mesa, con los ojos envueltos en gafas de pasta, fijos en la pantalla del ordenador. Hablaba, sonreía. Hundidos en sus pequeñas orejas, unos auriculares blancos. Volando frente a su boca, el micrófono. Leyó sus labios siguiendo el guión que él mismo había preparado:

- ¿Es usted el responsable de las comunicaciones en su empresa?

La respuesta a aquella pregunta no podía escucharla, aunque lo más probable es que fuera un: “el responsable está reunido, llame más tarde” o un “lo siento, no tengo tiempo para atender a todas las llamadas comerciales que me hacen a lo largo del día”, fuera cual fuera, ella siguió sonriendo. Hacía bien, pensó, las sonrisas también se transmiten por las ondas.

Era buena, aún no le habían colgado el teléfono y estaba soltando una parrafada, lo que indicaba que al otro lado de la línea, había alguien escuchando. Tenía una bonita voz, dulce y sensual, él tampoco habría podido colgar, hay voces que anuncian belleza, en este caso, la publicidad no era engañosa, era guapa, por eso se merecía que el jefe del jefe, el jefe de todos los jefes, bajara a admirarla.

Se apoyó en el quicio de la puerta, era consciente de que los demás tele-operadores lo observaban y se preguntaban qué estaba haciendo allí. Que miraran, que especularan, ni el más imaginativo de todos ellos, podría nunca saber lo que pasaba por su mente.

Su mesa estaba situada junto a la ventana, era un buen sitio, allí solo estaban los más antiguos, aquellos que realmente “funcionaban”, cumplían los objetivos y se mantenían en su silla. Junto a su ordenador, un poto, verde, brillante, tan vivo como su propietaria. Junto al poto, sus dedos largos hacían tamborilear un boli bic, bajo su mesa, bailando sobre la punta de su pie, su zapato de tacón seguía el ritmo alegre del bolígrafo. Sexy. Sonrió.

Tenía que marcharse, tirar de sus ojos, separarlos de ella y volver a su despacho, la gracia estaba en que nadie lo supiera, en simular no conocerse, él la trataba con deferencia, igual que a cualquier otro empleado, ella, por su parte, aparentaba azoramiento y nerviosismo cuando se lo encontraba, bajaba la mirada, sonreía con timidez y se escabullía. Un “buenos días” al cruzarse en el hall, un imperceptible roce en un pasillo......El ascensor era su lugar más íntimo, cuando iba lleno y ella entraba, siempre se las ingeniaba para ponerse de espaldas, delante de él, mirando a la puerta, pegando sus nalgas contra su cuerpo para sentirlo, él, a su vez, rozaba con su sexo su culo y quedaban tan cerca que podía oler su pelo y casi besar su cuello, pero no hacían nada, solo mantenerse así hasta que el elevador se aliviaba y el decoro los obligaba a separarse, era difícil disimular su erección, aunque salía con las manos dentro de los bolsillos, ahuecando el deseo , lleno de risas secretas. Podrían decirlo, ambos eran solteros y ese tipo de relaciones no estaban prohibidas por la empresa, aun así, lo ocultaban por el gusto de vivir aquellos pequeños momentos de juego.

Ella seguía hablando, recogía su pelo espeso y rubio enredándolo en un lápiz, aún no había percibido que estaba siendo observada, sus ojos se distraían en algún lugar al otro lado de la ventana, parecía concentrada en la conversación telefónica. El sol de invierno atravesaba con fuerza el cristal, casi podía sentir su calor sobre aquella blusa de seda beige que tantas veces le había quitado, buceando en su escote, se topó con el encaje fino de su sujetador azul marino.

Se vio desabrochando los dos únicos botones que cerraban, a su cuello, aquella camisa, una vez abiertos tenía que sacarla por su cabeza, ella siempre intentaba ayudarle, él no la dejaba, desnudarla era su rito, ella reía y levantaba los brazos, se dejaba hacer como una niña. Era muy suave la blusa. Ella también, muy suave.

Le gustaba verla en sujetador y con la falda aún puesta, elevada sobre sus tacones, sonriendo, esperando que él se decidiera a seguir desnudándola, entonces, en lugar de bajar la falda, se la subía y miraba sus bragas, siempre a juego, así que las de hoy, eran aquellas tan pequeñitas, las de las cintas con lazos en las caderas. Iba a costarle aguantar hasta la noche para tirar de esos lazos. A partir de aquel momento la ropa se había convertido en invisible para él, sus ojos eran unos rayos x, la veían en ropa interior, con sus pechos desbordados tras los encajes, con aquellas cintas enmarcando su triángulo, bailando distraída su zapato con la punta de un pie, en medio de una oficina llena de gente que nada sabía, que nada veía, desnuda solo para él.

Era cuestión de esperar unas pocas horas, un poco de paciencia y la tendría, el mundo desaparecía cuando ella le dirigiera la primera sonrisa de intimidad y le clavara sus ojos avellana en lo más hondo del corazón. Solo necesitaba tiempo para borrar de su cuerpo aquellas ropas, cubrirla con sus manos y sentir el peso de su carne, de sus pechos, de su sexo ligero y pequeño, de su pelo sin lápiz. Unas vueltas a la aguja del reloj y podría recorrer con los labios sus lugares secretos, tenía todos los visados, todos los permisos, no había lugar prohibido para él, no había centímetro demasiado oscuro y si lo había, él lo iluminaba, las puertas se abrían a su lengua, ella elevaba sus caderas y él se hundía en su calor húmedo. Pronto, muy pronto la llevaría despacio, sin prisa, a aquel lugar dónde le temblaban las piernas y le sonreía el cuerpo, allí dónde el aire se convertía en vacío entre ellos, donde sus cuerpos encajaban y se apagaban las luces de la razón y el alma se concentraba debajo del ombligo.

Tenía que marcharse, ocupar los minutos en las cosas del mundo, olvidarla hasta la noche para que ésta llegara antes. Tenía que irse, subir sin ella en el ascensor, dejarla con su poto en aquella mesa, antes de que lo viera. Despegó su brazo del marco de la puerta y al girarse se topó con Manuel, jefe del departamento, que lo agarró por el brazo mientras le decía en tono bajo:

- Espera, Tomás, espera.
- Si, claro, dime.
- He tratado de ser paciente, pero ando corto de personal, creo que es hora de pasar página, ya hace más de un mes, los compañeros van asimilando la historia y yo necesito ocupar de nuevo el puesto.
- ¿Qué puesto?
- Pues cual va a ser, el de la chica que se suicidó. Estabas mirando su mesa, creí que estabas pensando lo mismo que yo.
- ¿Su mesa?
- Si, ¿no mirabas eso?, es aquella, la que está junto a la ventana, la del poto, está tal cual ella la dejó, ¿qué me dices?, ¿vas a cubrirme el puesto?

Lanzó el corazón tras los ojos hacia la mesa y la vio allí, jugando con su boli y su zapato, sonriente, feliz, etérea.

- Lo siento, no puedo ayudarte- dijo- Aún no. Dame algo más de tiempo. Todavía hay que asimilarlo. Que nadie toque esa mesa y asegúrate de que rieguen el poto.

Retiró su brazo para soltarlo de la mano de Manuel, quizás con más violencia de la que hubiera querido imprimir al gesto pero no controlaba, no del todo. Enfiló el pasillo en dirección al elevador. Una lágrima se le escapó del alma. Un poco de paciencia, algo más de tiempo. Un día más. Un día menos.

miércoles, 4 de enero de 2012

Serie de microrrelatos con (Larubiadelabici) El vestuario "versión extendida"




El vestuario "versión extendida" Por Larubiadelabici



Se acomodó en una silla de plástico al borde de la piscina y abrió el periódico, dirigió la mirada al reloj blanco y redondo que tenía enfrente. Las diez menos cuarto, en poco más de una hora estaría apagando las luces y marchándose, el portero le había pedido que cerrara , en vistas del panorama desolador, ¿para qué iban a estar los dos allí?
Comenzó a leer, no había nadie en el agua, los días previos a las fiestas siempre ocurría lo mismo, la gente andaba preparando el pavo, solo tenía que vigilar los ruidos que pululaban por la gran piscina cubierta, leves, lejanos, todos ampliados en alguna medida por un eco con sabor a cloro.
Silencio caliente hasta que entró ella haciendo resonar sus tacones en el vestíbulo vacío, traspasó la cristalera y dirigió el toc toc hasta el vestuario femenino, traje negro, medias finas, zapatos sofisticados, “alta ejecutiva”, cargaba una mochila al hombro que desentonaba con su vestimenta y un abrigo largo, con pinta de ser caro, en el brazo. Una mujer de impresión.
La perdió tras la puerta, arrastró los ojos por la pared para detenerlos en el reloj y siguió el minutero hasta que volvió embutida en un traje de baño que dejaba ver hasta el fondo de su ombligo. Un pequeño golpe de calor le afectó a la entrepierna. Inevitable.
Bajaba la escalera hasta las duchas, gorro de latex y las gafas en una mano, lo buscó al otro lado de la piscina para hablarle sin palabras, “Estamos solos tú y yo, ¿me dispensas de ponerme esta cosa horrible en la cabeza?”. Asintió con una sonrisa y otro golpe de calor, esta vez de consecuencias más graves, le punzó bajo el ombligo, quería tocarse, recolocar, apretar, tirar pero ella no dejaba de mirarlo. Se contuvo.

Se ducho para él y lo supo. Convirtió un trámite de cumplimiento ligero en una sucesión de movimientos sensuales, liberó su pelo, se acarició los hombros, redondos y tersos , enmarcados por la cruz del escote en su espalda, pasó las manos, casi con timidez, por sus pezones erectos, había visto muchas tías ducharse antes de nadar, ninguna se tocaba los pechos, dibujó su cintura, sus caderas y dejó correr el agua caliente por su cuerpo, como si estuviera cansada Le dedicó el baile sin mirarlo una sola vez. Cuando se quiso dar cuenta, su mano ya jugaba bajo el chandal, proporcionándole un agradable placer.
Ella, fingiendo no darse cuenta de sus maniobras, se tiró a la piscina de cabeza. Sorpresa, la mayoría de las mujeres bajaban por las escaleras. Sexy. Comenzó a nadar con un estilo bastante perfeccionado. No pudo sino admirarla, mientras se procuraba unos buenos meneos bajo el pantalón. Sabía que, cuando sacaba la cabeza para coger aire, ella lo miraba y eso lo excitaba aún más. Ella nadaba despacio, estirando bien los brazos, estirando bien los pies, ejecutando cada movimiento con una perfección poco frecuente, su cuerpo se deslizaba por la superficie del agua sin hundirse por ninguna parte, era evidente que había nadado mucho, podía percibir la fuerza de su empuje bajo el agua por lo largo de sus desplazamientos.
Aumentaron el ritmo. Ella de brazadas, él de meneos. La seguía con los ojos, seguía sus brazos, arriba, adentro, atrás, seguía el golpear de sus piernas, seguía sus pies, estirados, como si estuviera subida a aquellos tacones aún. Se imaginó follándola sobre aquellas puntas, colgada de su verga. Seguro que era buena, tenía pinta de ser una de esas mujeres que todo lo hace bien. La aguja pequeña dio una vuelta completa en el reloj blanco. Una hora. Ella salio de la piscina, despacio, cansada, , escurrió su pelo, recogió su gorro y su toalla y, antes de desaparecer tras la puerta prohibida, lo miró largamente.
Dejó la silla de plástico algo sudada. Rodeó la piscina sin prisa. Y entró.
La empujó con violencia contra las taquillas, tembló el metal a su espalda, se abrieron algunas de las puertas y se cerraron otras. Le bajó el bañador mojado y lo dejó en su cintura, la urgencia de tocar sus pechos, recién liberados, frenó el deseo de tenerla ya desnuda para él, los agarró con fuerza, haciendo cuencos con sus manos, estaban mojados y fríos, los pezones se clavaron en sus palmas, erectos, duros. Él se apretó. Algunas puertas se abrieron, otras se cerraron.
Ella suspiró, entornó los ojos, abrió la boca, él la cerró con su lengua, lamiendo deseo, empujó su pecho contra el cuerpo de agua. Tembló el metal, se abrieron algunas puertas, se cerraron otras. El beso apagó las luces de la consciencia y encendió las del placer, unas manos pequeñas, húmedas, se arrastraron por su espalda, el rojo de sus uñas se clavó en sus omóplatos diciendo: fóllame!!, fóllame!!
Soltó los pechos, bajó el bañador con trabajo, demasiado mojado, demasiado pegado, tuvo que agacharse para acabar de apartarlo y se quedó allí, con la cara a la altura de su sexo empapado de agua y de lo otro. Lo besó, empujándola de nuevo. Temblaron las taquillas, unas puerta se abrieron, otras se cerraron. Subió las manos por sus piernas mojadas, mientras su lengua lamía con ansia su clítoris, ella echó la cabeza hacia atrás y sus rizos se estamparon contra el gris metálico, llenándolo de agua, tembló la pared, unas puertas se abrieron, otras se cerraron, hundió los dedos finos en su pelo, abrió las piernas, elevó las caderas, las movió a ritmo sobre su boca hasta que suspiró goce.
Sintió su placer en la lengua y en los labios, casi oyó las contracciones de su vagina, ella se dobló hacia delante y se abrazó al cuerpo arrodillado, unos segundos, un par de minutos para sentirlo bien, él le dio otro par para recuperarla, después, se incorporó y la giró. Miró su espalda, sus hombros redondos y torneados, su cintura estrecha, su puerta de atrás, marcó allí círculos con la yema de un dedo y la piel le abrió paso, con pasaporte en una mano y verga en la otra, se adentró en su zona oscura y prieta. Enganchó las manos a sus suaves caderas y empujó. Embistió. Entró. Salió. Volvió a entrar. El metal tembló, unas puertas se abrieron, se cerraron otras. El placer le alcanzó muy adentro y lo acompañó de un grito sordo, profundo y guerrero, se desmayó despierto sobre su espalda y besó cuello con cloro. Esperó a que sola saliera, acarició por última vez su cuerpo mojado y dejó un susurro en su oído: “Buenas noches, que descanses”.

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Simplemente maravilloso, una escena muy visual y llena de erótismo y buenas imagenes que palpar, nena, eres la mejor. La podréis encontrar en su pagina AQUI

lunes, 26 de diciembre de 2011

Serie de Micro-Relatos Eróticos. 1º Relato. En el Vestuario (Por Larubiadelabici)



Hola a todos mis queridos amigos, hoy os traigo un proyecto nuevo, en el que mi amiga Larubiadelabici y yo nos hemos embarcado juntas, la idea es la siguiente: hacer una serie de microrrelatos eróticos, ella empezará con éste que os muestro aquí, para mi gusto maravilloso, y después yo continuaré con otro diferente, ya que no son continuaciones, todos serán independientes, pero que nos traerán sensaciones y lecturas muy interesantes, os invito a paladear cada uno de ellos con atención.
Un beso para todos y en especial a mi compañera de camino soleado ;D



 Primer Relato. En el Vestuario (Por Larubiadelabici) AQUI su blog


La empujó con violencia contra las taquillas, tembló el metal a su espalda, se abrieron algunas de las puertas y se cerraron otras. Le bajó el bañador mojado y lo dejó en su cintura, la urgencia de tocar sus pechos, recién liberados, frenó el deseo de tenerla ya desnuda para él, los agarró con fuerza, haciendo cuencos con sus manos, estaban mojados y fríos, los pezones se clavaron en sus palmas, erectos, duros. Él se apretó. Algunas puertas se abrieron, otras se cerraron.

Ella suspiró, entornó los ojos, abrió la boca, él la cerró con su lengua, lamiendo deseo, empujó su pecho contra el cuerpo de agua. Tembló el metal, se abrieron algunas puertas, se cerraron otras. El beso apagó las luces de la consciencia y encendió las del placer, unas manos pequeñas, húmedas, se arrastraron por su espalda, el rojo de sus uñas se clavó en sus omóplatos diciendo: fóllame!!, fóllame!!

Soltó los pechos, bajó el bañador con trabajo, demasiado mojado, demasiado pegado, tuvo que agacharse para acabar de apartarlo y se quedó allí, con la cara a la altura de su sexo empapado de agua y de lo otro. Lo besó, empujándola de nuevo. Temblaron las taquillas, unas puerta se abrieron, otras se cerraron. Subió las manos por sus piernas mojadas, mientras su lengua pintaba frescos en su clítoris, ella echó la cabeza hacia atrás y sus rizos se estamparon contra el gris metálico, llenándolo de agua, tembló la pared, unas puertas se abrieron, otras se cerraron, hundió los dedos finos en su pelo, abrió las piernas, elevó las caderas, las movió a ritmo sobre su boca hasta que suspiró goce.

Sintió su placer en la lengua y en los labios, casi oyó las contracciones de su vagina, ella se dobló hacia delante y se abrazó al cuerpo arrodillado, unos segundos, un par de minutos para sentirlo bien, él le dio otro par para recuperarla, después, se incorporó y la giró. Miró su espalda, sus hombros redondos y torneados, su cintura estrecha, su puerta de atrás, marcó allí círculos con la yema de un dedo y la piel le abrió paso, con pasaporte en una mano y mástil en la otra, se adentró en su zona oscura. Enganchó las manos a sus suaves caderas y empujó. Envistió. Entró. Salió. Volvió a entrar. El metal tembló, unas taquillas se abrieron, otras se cerraron. El placer le alcanzó muy adentro y lo acompañó de un grito sordo, profundo y guerrero, se desmayó despierto sobre su espalda y besó cuello con cloro. Esperó a que sola saliera, acarició por última vez su cuerpo mojado y dejó un susurro en su oído: “Buenas noches, qué descanses”